En el fútbol de ascenso, hay canchas en las que sólo se debe sobrevivir, y la de Agropecuario pareció ser una de esas para San Martín.
Porque el 0-2 no fue solamente una derrota. Fue una de esas tardes ásperas del ascenso en las que todo parece preparado para embarrarte. La pelota siempre dividida, el partido incómodo, el rival que no necesita demasiado y ese clima extraño de pueblos (ciudad pequeña en este caso) en los que el fútbol sucede sin estridencias, pero aprieta igual.
Hay una vieja regla no escrita de la Primera Nacional, y es que cuando un partido se juega en los términos del local, el visitante empieza a perder mucho antes del resultado. Y eso le pasó a San Martín porque cayó en la trampa.
No en una emboscada brillante ni en una superioridad abrumadora. En una trampa más sencilla, más propia del ascenso; la del partido feo, la del juego trabado y la de la imposibilidad de dar dos pases seguidos. Esos en los que nadie juega bien y en los que todo se resuelve en detalles. Esos en los que una torpeza termina en penal, un error se vuelve cuesta arriba y un tiro libre en el descuento se transforma en sentencia. Y Agropecuario entendió eso, pero San Martín no. Ahí estuvo la diferencia entre uno y otro.
No fue una derrota escandalosa, ni siquiera de esas que invitan a dramatizar. Fue algo peor para un equipo que venía intentando construir autoridad; una derrota incómoda porque rompió una sensación.
Hasta acá el “Santo” venía transmitiendo algo que en el ascenso vale y mucho: confiabilidad. Incluso cuando no brillaba, parecía saber cómo atravesar partidos duros. Pero en Carlos Casares no lo hizo.
Esta vez se lo vio fastidiado y deshilachado, como si hubiera aceptado discutir el partido en el terreno en el que el rival quería discutirlo. Y cuando eso pasa, el ascenso suele pasar factura.
La Primera Nacional es una categoría que castiga cualquier concesión. No perdona distracciones, ni tiempos muertos y mucho menos a equipos que se desconectan.
Tiene algo de camino rural; si te distraés un segundo, mordés la banquina. Y San Martín la mordió.
Sin embargo conviene no confundir advertencia con catástrofe, porque las campañas que terminan siendo grandes suelen tener derrotas de este tipo. Derrotas que no aparecen para derrumbar, sino para recordar que nada está hecho y que ser candidato no te inmuniza.
También que el liderazgo se pone a prueba lejos de casa, en tardes opacas y estadios en los que parece no pasar nada y termina pasando de todo.
En la fría y ventosa tarde de Casares, hasta el propio escenario tuvo algo simbólico. Con ese aire de estación detenida en el tiempo y de interior silencioso, terminó siendo una especie de espejo incómodo. Ese en el que Agropecuario jugó con una convicción simple y San Martín se fue con preguntas.
Y si la caída pudiera dejar algo valioso, son las preguntas para el “Santo”. Porque en el ascenso no se asciende sólo jugando bien, también se asciende sabiendo perder y aprendiendo qué hacer cuando tocan partidos de este tipo.
El 0-2 dolerá menos por el resultado que por la sensación de haber sido absorbido por un partido ajeno y por un rival que llegaba casi al borde del nocaut. Pero quizás ahí mismo esté la enseñanza.
Los equipos que llegan no son los que evitan todas las trampas, sino los que aprenden a no volver a caer en la misma.
Fuente: LA GACETA